Augusto

Augusto
Dominio Público

Biografía de Augusto

Cayo Julio César Octaviano, también llamado Augusto o César Augusto, nació el 23 de septiembre del año 63 a. C. en Roma y fallece, a sus 75 años, el 19 de Agosto del año 14 d. C. en Nola, Nápoles. Fue el primer emperador romano, además, fue el que más tiempo estuvo en el poder, su reinado duró desde el 16 de enero del 27 a. C. hasta el 19 de agosto del 14 d. C.

Perteneció a una familia rica y acomodada; su padre era pretor de Macedonia y su madre era sobrina-nieta de Julio César. Durante su juventud, Octavio mostró grandes aptitudes para la política y el ejército, por lo que, en el año 45 a. C, Julio César lo adopta; convirtiéndolo así, en su heredero legítimo. Un año después de la adopción, Julio César fue asesinado por un grupo de senadores; Cayo Octavio era tan solo un adolescente completamente desconocido. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio y Lépido– y más tarde logró gobernar en solitario; por lo cual se le consideró como hijo de un dios.

Sin embargo, Octavio no la tuvo fácil, cuando él llega a posicionarse oficialmente, se encontró con que el capital heredado de su tío-abuelo había sido usurpado por Marco Antonio; éste era un ambicioso General del círculo de Julio César que había pactado una amnistía con sus asesinos, los “salvadores” de la República: Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino quienes contaban con el apoyo del Senado más conservador para hacerse con el poder y continuar con la Dictadura. Octavio no iba a permitir esto, así que empezó a derrochar gran parte de la herencia de su padre en donaciones populares para ganarse así, el favor de la plebe. También contó con el apoyo del rico y altruista Cayo Cilnio Mecenas, hombre que, a la postre, sufragaría gran parte de los gastos del ejército que Octavio necesitaba. Mientras la popularidad de Marco decaía, la del joven Octavio prosperaba.

A finales del 44 a.C., Marco Antonio se desplazó a la Galia Cisalpina para arrebatarle el gobierno de dicha provincia al ejecutor de César, Bruto; el Senado consideró esto un insulto y Marco fue declarado enemigo público. Para su aniquilación enviaron a Octavio al mando de su propio ejército con el apoyo del Senado de Roma. Marco Antonio fue derrotado en la Batalla de Módena y obligado a reagruparse en la Galia Narbonense, buscando el respaldo del tercero en discordia: Marco Emilio Lépido.

Llegado Marco Antonio a la Galia buscó la alianza de Lépido, Gobernador de la Provincia; unidas ambas fuerzas se adentraron en Italia para derrotar a Octavio, éste les salió al encuentro y nuevamente Octavio volvió a vencer, pero esta vez no con las armas, sino con la cabeza: les propuso un acuerdo (Pacto de Bolonia) para repartirse el Imperio, una Dictadura Militar a tres bandas, había nacido el Segundo Triunvirato.

De una forma u otra, Octavio conseguía dar la vuelta a la situación y acabar finalmente con todos los conflictos que se le pusieran en frente. Puede que Octavio no fuera un buen militar, pero era un hábil político. Tras repartirse el mundo entre los tres triunviratos, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a. C. Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotar a Marco Antonio, inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. Sin embargo, los problemas de salud de Augusto le recordaban con insistencia que era mortal.

La dolencia que torturó de forma intermitente la vida de Augusto tuvo su punto clave a la edad de 40 años. En el año 23 a. C, Augusto era cónsul por undécima vez, algo sin precedentes en la historia de Roma, y tuvo que hacer frente a una seria epidemia entre la población derivada del desbordamiento del río Tíber. Coincidió esta situación de crisis con las guerras cántabras y con el episodio más grave de la extraña dolencia de cuantos registró en su vida. Ninguno de los remedios habituales contra sus problemas de hígado, como aplicar compresas calientes, funcionó en esta ocasión; y todos, incluido él, creyeron que su muerte era inminente. Cuando todo parecía dispuesto para el final no sólo de su vida, sino también del sistema que trataba de perpetuar, la llegada de un nuevo médico, el griego Antonio Musa, modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas.

Ni siquiera hoy está claro cuál fue la naturaleza exacta de la enfermedad que hostigó al emperador en los diferentes periodos de su vida, aunque lo más probable visto con perspectiva es que no fuera una única dolencia, siendo su salud siempre fue muy frágil y propensa a vivir momentos de colapso. En su largo historial médico registró problemas de eccema, artritis, tiña, tifus, catarro, cálculos en la vejiga, colitis y bronquitis, algunos de los cuales se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicos, al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.

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